El perdón como acto supremo de bondad
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
— Evangelio de Lucas 23:34
Inicio esta reflexión partiendo de la declaración más elevada de perdón que existe: el clamor sincero de Jesús en la cruz. Jesús, el único perfecto entre todos, el más justo, el lleno de toda gracia y enviado por Dios para salvarnos, fue traicionado, juzgado y crucificado. Fue ese acto de injusticia el que nos mostró el perdón como único camino hacia la libertad y la paz que engrandecen nuestras vidas. Fue un acto de valor y fe, de entrega y humildad, que nos regaló la más grande lección y aprendizaje de nuestras vidas desde hace ya miles de años.
Todos los días nos exponemos a la repetida necesidad de perdonar y ser perdonados, desde lo más sencillo hasta lo más profundo. En los días de semana santa recordamos que luego de la oscuridad del Viernes Santo y del silencio en la espera del Sábado Santo, llega el Domingo de Resurrección con claros mensajes y el recuerdo del sentido máximo y verdadero —no teórico— del perdón.
Es en la cruz donde el perdón toma forma y sentido, se hace vida. Es en la resurrección donde gana la perspectiva que a veces perdemos, pero que, al ser llamados a la reflexión y a la concentración de la mirada interior, llena el recipiente de la esperanza.
Cada día es una oportunidad para ese perdón que se nos entrega, para vivirlo no como una obligación, sino como un regalo que trae consigo la posibilidad que todos merecemos: la de renacer y vivir la vida plena a la que estamos llamados. El perdón es un acto de infinito amor que, lejos de negar la justicia, la trasciende.
“Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.”
– Mateo 6:12.
Esta frase del Padre Nuestro nos recuerda que somos llamados a perdonar y también a reconocer que necesitamos ser perdonados. Esto no implica que perdonar dependa únicamente de haber recibido antes el perdón; el perdón no es un acto de intercambio, es un acto de entrega voluntaria y humilde. El filósofo Jacques Derrida plantea que el verdadero perdón solo existe cuando es incondicional, es decir, cuando no depende de que el otro lo merezca, ni siquiera de que lo pida.
Toda la vida de Jesús es una pedagogía del amor, y en la cruz es donde nos entrega una lección verdadera y definitiva: que el amor tiene la última palabra a través del perdón, que el perdón no espera la sanación para ser ofrecido; que, lejos de entregarse luego de sanar la herida, es dado en sinceridad y abundancia, desde el corazón, en el mismo instante del daño, la traición y el dolor recibido.
"Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos."
— Juan 15:13
Perdonar es la capacidad de darse por completo al otro. . La palabra perdonar proviene del latín per-donare, que significa “darse por completo”. Perdonar nos permite tomar autonomía a través de la decisión de donar voluntariamente nuestro derecho a no permanecer en el dolor y el sufrimiento por el mal recibido. Es así como el perdón se convierte en un acto de soberanía interior del ser humano.
Perdonar es dar el paso adelante, reconociendo que no es debilidad ni renuncia a la justicia; es la decisión de seguir adelante. Perdonar, en sí mismo, es un delicado e intencional acto de humildad. Reconocernos vulnerables ante el dolor que otro decide por ti y, aun así, ser capaces de ver más allá, con bondad, permaneciendo en la riqueza de tu interior.
Nietzsche advirtió sobre el peligro del resentimiento como emoción que empobrece el espíritu y, por su parte, Hannah Arendt afirmaba que el perdón es la única acción capaz de interrumpir la irreversibilidad del pasado. Desde la perspectiva filosófica, el perdón te abre una puerta para emprender un nuevo camino, donde no se niega el daño ni se da la espalda a la justicia y a los hechos, pero sí se aleja de la posibilidad de vivir subordinado a sentimientos que empobrecen el alma. El perdón se convierte en un camino virtuoso hacia la grandeza interior que se refleja en el exterior.
El miedo a ceder ante la injusticia limita muchas veces la voluntad de perdonar, el parecer débil ante un hecho que reconoces como verdadero y justo, que ha causado daño y dolor y que merece ser reconocido. El paso hacia el perdón te libera de sentir la necesidad de aclarar lo que no está en tus manos, sin dejar de ser justo y sincero. Paul Ricoeur planteaba que el perdón auténtico no niega la memoria ni sustituye la justicia, sino que la trasciende en el plano personal. Perdonar no te obliga a regresar o exponerte al daño, tampoco exige dar acceso o abrir oportunidades a espacios donde las acciones pasadas pudieran repetirse. Así como el perdón te libera, establecer límites y distancia te protege.
Perdonar te coloca en una posición donde reconoces lo ocurrido y el paso que das con bondad como una decisión de voluntad interior que te fortalece y te eleva; al mismo tiempo, te permite liberar el poder que el daño recibido tiene sobre ti.
Cientos de años después de la pasión de Cristo, el perdón sigue siendo su mensaje de amor que guía, como una brújula, nuestras vidas. Es así como se ve el perdón: una puerta que abrimos a nuevas oportunidades que, aunque no cambian el pasado ni borran el recuerdo, transforman para bien el porvenir propio y de todos los que acompañan tu camino.
“Sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo".
— Efesios 4:32
El perdón es, en sí mismo, un acto de resurrección interior. Como seres humanos llamados al perdón, tenemos abierta la invitación continua a ejercerlo, sabiendo que no es una acción automática ni una decisión sencilla; es un camino que debe ser recorrido y reflexionado.
El perdón también es un acto de bondad. No es hacer el bien cuando es fácil; es, justamente, tener el valor y la voluntad de hacerlo cuando es más difícil, porque te lleva a comprender que dar el paso del perdón no depende de que el otro lo merezca. Eso que generalmente esperamos no es una condición para el perdón, y comprenderlo nos encamina a la verdadera dimensión y forma de vivir que buscamos.
Recibamos la invitación de resurrección que la vida de Jesús y su pasión, nos entrega en las manos cada día de la vida:
- Si te han lastimado — perdona
- Si no fue ni un malentendido leve ni un error pasajero — perdona
- Si la palabra recibida atravesó tu vida — perdona
- Si la traición te colocó en el lugar de la profunda duda — perdona
- Si vino de alguien en quien confiabas y a quien amabas — perdona
Siempre puedes perdonar y poner límites. Perdonar y tomar distancia. Perdonar…
y seguir adelante.
Elijo perdonar, porque el perdón es una forma de resurrección, de volver, de caminar hacia adelante y vivir en la plenitud a la que estamos llamados. Al perdonar comprendes que el dolor no es un buen capitán para tu vida. El día que decides perdonar, ese día comprendes el mensaje que Jesús nos entregó a través de la cruz y renaces a una vida plena.
Categorias
ARTÍCULOS RELACIONADOS
El perdón como acto supremo de bondad
Atrévete a marcar la diferencia
Educación, la profesión de los valientes
Educar: Un acto de VALIENTES. En educación cada acto de valentía impacta y transforma la vida propia y la de otros miles.